"Cuando doy comida a los pobres me llaman santo, cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista". Dom Helder Cámara. Obispo brasileño.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Las primaveras árabes y la guerra civil en Siria

La plaza Tahrir se convirtió en el símbolo de la revolución egipcia.
Una y otra vez, desde hace meses, Siria aparece y reaparece continuamente en los medios de comunicación.  Se ha convertido en un nuevo capítulo de las primaveras árabes que están destruyendo uno tras otro los regímenes autoritarios de la zona, todo ello con el aplauso y beneplácito de las potencias occidentales y europeas. Sin embargo, esos aplausos occidentales a los nuevos vientos de cambio se nos muestran como una muestra más de su cinismo e hipocresía. Que Estados Unidos, Francia e Inglaterra se hayan convertido en paladines de la democracia en Oriente Medio, resulta cuando menos chocante. No solo por su pasado más próximo, que les llevó a apoyar durante décadas a los dictadores ahora derrocados, sino porque todavía hoy todos sus intereses estratégicos en el Oriente Medio se cimentan, al margen de sus estrechos lazos con Israel, en su alianza con las monarquías corruptas del Golfo Pérsico, especialmente con Arabia Saudí y la familia de los Saud: un ejemplo mundial de autoritarismo, de negación del principio de ciudadanía, de discriminación de la mujer en plano de lo público, de racismo hacia el inmigrante, de rechazo a las minorías como los siíes, de fundamentalismo religioso e imposición de la ley islámica o Sharia.
La lectura del apoyo occidental a las actuales revoluciones árabes es bien claro: cuando los cambios llegan y resultan imparables, hay que tratar de encabezarlos para así ponerlos así bajo control. Así ocurrió en Túnez, cuando el pueblo trató de derribar al tirano Ben Alí, fiel esbirro de Occidente y especialmente de Francia, sin cuyo apoyo jamás hubiera durado mucho tiempo; así ocurrió también con Hosni Mubarak, justo representante de la sumisión de las élites árabes a los intereses estratégicos norteamericanos y sobre todo de Israel. Como prueba de ello, el abandono y aislamiento por su gobierno de los palestinos de Gaza y el cumplimiento fiel de los tratados de paz con el estado judío. Los mismos que no hace mucho tildaban al Egipto de Mubarak como un régimen moderado árabe, llegado el momento lo han denigrado como un brutal dictador. Y así ocurrió también con el otro perdedor de las primaveras árabes, el régimen de M. Gadafi, antaño enemigo visceral de Occidente y que en los últimos años se había convertido en un buen aliado en la zona frente a la expansión creciente del islamismo político.
En todo caso, Occidente sabía de los riesgos asociados a las recientes revoluciones árabes, si a pesar de todo las apoyó es porque no le quedaba otro remedio. Era evidente el riesgo de que el vacío político generado lo ocupara el islamismo político. Más allá de grupúsculos liberales sin base social alguna, tan solo los islamistas ofrecen una alternativa viable y unas organizaciones suficientemente enraizadas en la sociedad. Esto ya se evidenció en Argelia cuando en los años 90 el proceso de democratización derivó en la victoria de los islamistas del FIS y más tarde en el golpe de estado y la guerra civil subsiguiente.
Y los temores de muchos se han cumplido en buena parte. El islamismo moderado ha llegado al poder: En Nahda en Túnez o los Hermanos Musulmanes en Egipto. Su influencia en Libia es creciente, aunque no hayan vencido en las elecciones. La democracia en el mundo árabe, como era previsible, conduce a una reislamización, aunque sea moderada, y también a un escenario de creciente inestabilidad política, aunque sea a corto plazo.

Bashar Al Asad, presidente de Siria y líder del partido Baas, no cede ante
la presión de la oposición.
En Siria, sin embargo, la realidad se vuelve más compleja y la solución al problema allí generado también. Existe una cruenta batalla entre la dictadura y la democracia, suponiendo que ésta sea el objetivo de toda la oposición, como tratan de airear los medios de comunicación europeos. Se nos explica demasiadas veces el conflicto sirio de forma simplista, como la lucha entre un tirano contra su pueblo, o mejor dicho, contra una parte importante de su pueblo. El problema sirio es mucho más complejo, porque además de la lucha contra la tiranía, está la lucha entre la concepción claramente laica del poder del partido nacionalista Baas y el islamismo de una parte importante de los rebeldes, ya que como se verá en la futura posguerra, el peso social de los Hermanos Musulmanes sirios es mucho mayor que el de las organizaciones políticas que ahora encabezan el proceso revolucionario, y cuyo importancia es más que discutible. Las estrías del problema van más allá e introducen una nueva variable de disputa religiosa, el partido Baas y su gobierno se sostienen sobre la minoría alawí y cristiana, mientras que la mayoría sunní permanece al margen del poder. Los siíes alawís son herejes para los sunnies más radicales y religiosos, y parece que ha llegado el momento de acabar con su predominio político, militar, económico.

Rebeldes sirios. Armados por Occidente y las monarquias del Golfo Pérsico.
A este componente habría que añadir los problemas derivados del papel estratégico de Siria en el contexto internacional. En el tablero de la geopolítica mundial el Oriente Medio es clave, y en éste, Siria también lo es. La batalla en este sentido sería entre las potencias occidentales y una Rusia dispuesta a no perder peso internacional y que históricamente ha sido aliada de Siria -entonces como Unión Soviética-, donde todavía hoy su flota tiene una base permanente (Latakia). Igualmente China permanece al lado del régimen de Bashar Al Asad, en un intento de aumentar su creciente influencia en la zona. Por el contrario, para Occidente e Israel Siria siempre ha sido un régimen hostil, que nunca ha reconocido los supuestos derechos judíos. Enfrentado a Israel por los Altos del Golán, sostiene a la milicia de sií de Hezbollah en el Líbano, auténtico demonio de Israel, y es aliado incondicional de Irán, el gran enemigo actualmente de los intereses sionistas en la zona, gracias a su cuestionado programa nuclear. 
Sin embargo, sobre esta disputa existe otra batalla geoestratégica de carácter más local, me refiero a una lucha sin cuartel por el control regional de la región del Golfo Pérsico entre siies y sunníes, en otras palabras, Irán frente a Arabia saudí. Lo que está claro es que la destrucción del Baas puede aislar a Hezbollah y a Irán y favorecer a Israel a corto plazo, pero es casi seguro que terminará llevando a los islamistas sunníes de los Hermanos Musulmanes al poder en Siria, aumentando la presencia también de los radicales de Al Qaeda en el país. En este sentido y a medio plazo, los intereses occidentales e israelíes se pueden ver muy afectados.
Europa está jugando con fuego cuando apoya tan decidamente a los rebeldes sirios. Y es que el que juega con fuego se quema. Alguien debería recordar que fue el estado israelí el que apoyó en sus inicios a los islamistas palestinos de Hamas -hoy sus grandes enemigos- para mermar la influencia de Al Fata y su líder Arafat. No olvidemos tampoco que en los años 80 Estados Unidos armó a Ben Laden para luchar contra los soviéticos en Afganistán y que más tarde apoyó a los talibanes afganos para contrarrestar la influencia de los señores de la guerra en el país asiático. Posteriormente, ambos se convirtieron en sus máximos enemigos. Cría cuervos y te secarán los ojos.



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