Hoy
ha hablado una nueva “bruja lola”. Ayer lo hizo otra y seguro que mañana alguna
más volverá a hacerlo. Todos los días aparecen en los medios de comunicación
una legión de adivinos certeros con la mejor apariencia. Nada de personajes
malhablados y vulgares, de los que “escupen” palabras malsonante o tiñen sus
cabelleras con “rubios de bote”. Estos nuevos adivinos no son unos simples
indocumentados, no son perdedores, fracasados, restos sociales metidos a
estafadores. Su apariencia es honrada y honesta, son portadores de trajes de
marca y elegantes corbatas, se les supone cultura y formación. Integran la
élite empresarial o intelectual y están lejos de la cutre imagen de la adivina
de canal televisivo de segunda. Estos son “adivinos de verdad”, creíbles como
ningún otro. Se enfrentan al futuro con supuesta valentía. Saben que hay
demanda de certidumbres y asumen “el duro papel” de saciar la ansiedad de la
mayoría ante un futuro desconocido. Todo en sus formas y en su apariencia
parece dejar claro que saben lo que dicen y que saben lo que hacen.
Un
economista, de esos que claman no pertenecer a corriente ideológica alguna, nos
augura la segura evolución del capitalismo, la única posible: los costes de producción son demasiados
elevados, hay que competir y eso requiere esfuerzos… Sin darte tiempo a un
respiro, el sociólogo de turno aparece en un programa televisivo afirmando
vivir en un mundo sin ideologías: ni puede, ni debe haberlas en la sociedad
futura que se nos avecina; son las ideologías, afirma, las que marcaron el
tumultuoso siglo XX. Viajamos hacia unas sociedades donde las opciones
políticas vendrán marcadas por matices, un mundo globalizado con solo una
política posible.
Todavía
estamos dándole vueltas a la idea, cuando nos asalta desde los medios un
triunfador hombre de negocios, que acomete el “problema” del funcionariado como
si fuera el mayor experto en el tema: no puede haber funcionarios como los de
hoy, sus privilegios son fruto del pasado y su baja productividad inaceptables
para el sistema. Y otro empresario, tan exitoso como el otro, o incluso más,
habla de la inviabilidad de la seguridad social, demasiada carga para el
sistema económico y empresarial.


Cambias
de canal y un periodista, también liberal, en un debate político de opinión,
ahora tan en uso, lanza su personal queja contra los excesos de la lucha obrera
y social. Con elegancia (no olvidemos que está registrada en la mismísima
constitución) cuestiona el hasta ahora intocable derecho a la huelga. No es
normal paralizar un país en época de crisis, afirma. Y se lanza contra las
estructuras sindicales, según él cúspide de la corrupción, y por supuesto la
violencia que ha rodeado siempre a la lucha sindical, esa violencia excesiva de
los piquetes que ya es hora de denunciar. Y afirma sin pudor: es increíble que
un hombre que quiera no pueda trabajar, ¿habrá un delito mayor en una época de
tanto paro?
Y
unes las piezas y mezclas los ingredientes, y una vez removidos, la sociedad
que tales mensajes construyen es bien distinta a la nuestra. Las “brujas lolas”
han hablado. Su sentencia es clara y precisa. Han esbozado un futuro,
aparentemente hecho de retales, de mensajes dispersos, pero que es un todo, un
futuro simple y sencillo, fácil de comprender. Resulta coherente y es creíble:
esto no, esto tampoco, esto no se puede pagar, no hay dinero para esto otro,
esto no se puede consentir. Lo que no es viable resulta insostenible.
Coherencias tremendas aderezadas con fatalismos inapelables. Gobierne quien
gobierne, hagamos lo que hagamos las cosas son así, los cambios son
inevitables, estamos ante evoluciones inalterables. Y se recurre continuamente
a la vieja sentencia: nosotros o el caos. Y si alguien duda bastará con
recurrir al pasado histórico. Recordad donde nos condujeron los experimentos,
los sueños, donde nos condujo la utopía que tiñó el siglo XX . Y la gente
recuerda.... y reflexiona: Quizás convenga ser realistas.
Sin
embargo, cuando te paras un poco a reflexionar las cosas no son tan sencillas.
Solo tienes que salirte del discurso hegemónico y encontrarás sus enormes
grietas. El siglo XX ha sido el
peor, pero también el mejor, produjo las guerras más destructivas y los
totalitarismos más crueles, pero también los más grandes avances tecnológicos y
las mayores cotas de libertad y bienestar jamás alcanzadas. Y esto no hubiera
sido posible sin sus enormes dosis de ideología y de utopía, y tampoco hubiera
sido posible sin el ejercicio de derechos como la huelga, sin la lucha y las
organizaciones que ahora se cuestionan con tanta facilidad. La obsesión es el
Estado y el sistema público de pensiones, pero estas son analizadas
sesgadamente sobre variables como la demografía, obviando el aumento de la
productividad que implica el enorme desarrollo tecnológico.
¿Quién
ha dicho que el estado es demasiado grande? Para determinados sectores siempre
fue así. Hasta donde quieren reducirlo es una buena pregunta. Sin embargo, lo
realmente necesario no sería la reducción del Estado, sino su redefinición,
buscando una adecuada gestión de los recursos humanos y económicos, controlando
el fraude en las prestaciones sociales, y no cuestionando dichas prestaciones.
Son muchas las voces que hablan de que la sociedad civil, al estilo americano,
debe tomar la iniciativa, y el Estado debe retirarse de determinadas funciones especialmente
gravosas. Pero eso es caridad, y eso es la antinomia de la cohesión social que
con su inmenso gasto en todos los ámbitos de lo público produce el estado de
bienestar. Lo publico iguala y equilibra. La caridad solo alienta la
pervivencia de la desigualdad, apuntala la sociedad injusta, no la cuestiona,
ni pretende superarla. Es la diferencia entre justicia y caridad, aquella a la
que tan magistralmente se refería hace ya años el desconocido arzobispo
brasileño Dom Elder Camara cuando afirmaba:”Cuando doy comida a los pobres me
llaman santo. Cuando pregunto por qué no tienen comida me llaman comunista”.
El
Estado no está en crisis, simplemente se ha convertido en el objetivo del gran
capitalismo y la obsesión de los mercados, los mismos que nos han conducido a
la situación actual, después de haber campado a sus anchas durante años.
Precisamente ha sido la falta de regulación por parte del Estado, la inhibición
de éste, lo que nos ha conducido al desastre. Finalmente ha sido el propio Estado el
que ha tenido que intervenir para salvar el sistema financiero, y ahora, en
cambio, los mercados nos dicen que sobra, que hay que destruirlo o por lo menos
minimizar “sus malos actos e influencias” haciéndolo más pequeño. Porque un
estado grande es igual a gasto, a déficit, a despilfarro -señalan-. Como si el
Estado no fuera fuente de empleo, de dinamización económica, de inversión, de
investigación, de innovación, de igualdad, de equilibrio, de crecimiento, etc.
Los
mercados no cuestionan la sociedad de consumo, no es su objetivo, por el
contrario ella les alimenta, su verdadera presa es el estado de bienestar. La
sociedad de consumo permite el acceso de “mucha gente” a los servicios básicos,
sin embargo, el estado de bienestar supone el acceso de “todos” a dichos
servicios. Ese “todos” es lo que está en cuestión. Y los mercados se han
juramentado para acabar con él. Con sus voceros al frente, con las “brujas
lolas” sacudiendo con sus soflamas el mundo, convertidas en mensajeros de la
nueva verdad absoluta: esto o el final, ahora o nunca. Y hasta el gobierno más
reacio termina cediendo y lanzando más carnaza que nadie. Hay que alimentar al
“monstruo” si se quiere sobrevivir. Pero su voracidad no parece tener límites:
primero abaratamiento del despido, después reducción del gasto social, más
tarde aumento de impuestos indirectos, reducción de ayudas sociales y
subvenciones, recortes en las pensiones, en la administración, reducción del
funcionariado, bajada de salarios, y al
final un estado más pequeño, cada vez más pequeño. Lentamente el monstruo
devora todas las conquistas. ¿Hasta donde?, es difícil precisar, pero parece
insaciable.
Se ha marcado un itinerario, una única posible
evolución de la realidad, pero el camino emprendido no se produce por la imposibilidad
de tomar otra dirección, sino porque esa es la evolución que algunos quieren y
promueven. No debemos de olvidar que el estado de bienestar no es producto de
la evolución natural del capitalismo, sino producto de la presión ejercida en
el interior de las sociedades. Tampoco su destrucción es producto de una
evolución natural, sino producto de otro contexto, el actual, radicalmente
distinto. Detrás de ambos procesos lo que hay son realidades sociales
diferentes, no una evolución natural económica inalterable, casi sobrehumana.
En historia el fatalismo no existe, la historia la construyen los hombres en el
contexto de una Humanidad marcada por el conflicto, convertido este en el
verdadero eje de la evolución histórica, y en él los hombres son actores principales
y activos. Ellos moldean el futuro, no les viene dado. Si olvidamos eso, nos va
ir muy mal.

Una
persona desconsolada y sola llama a la bruja Lola. Su actitud es pasiva. Esta
dispuesta a asumir lo que le digan: te vas a divorciar, sentencia el “vendedor
de futuro”. Ha llamado al programa cutre de turno para ver que ocurre con su
matrimonio, para saber si su mujer le va a abandonar, necesita respuestas. Sin
embargo, no parece dispuesto a dejar de emborracharse, ni dejar de ir con otras
mujeres. Ese hombre pasivo recibe el futuro como si no fuera con él, como si
estuviera escrito con letras de fuego en algún lugar lejano. Es un futuro que
no se construye porque ya está construido. Las cosas serán así, y lo que él
quiere es saber cómo serán. El hombre pasivo no pretende cambiar el rumbo de
las cosas, de nuevo el fatalismo enfermizo del que ha sido educado en la
sumisión, del hombre que vive alejado del sentido crítico, que no mira a su
alrededor, que no se cuestiona lo que le rodea. El hombre que no es libre,
porque no es autónomo. El hombre que esgrime ¿para qué luchar?, la suerte está
echada y nosotros no podemos cambiar nada.
Cuando
tiene que consumir, el sistema agranda al individuo, se dirige específicamente
a él, le hace sentirse especial y único. Pero inmediatamente después, y ya en
otro plano de cosas, le empequeñece, le convence de que su capacidad para
cambiar la realidad es mínima. No se puede luchar contra el destino...
Sin embargo, el futuro es nuestro y nosotros lo
forjamos. De nosotros depende como sea. A pesar de que la inercia del sistema
imponga unas limitaciones, todavía hoy y siempre, el hombre y las sociedades
son las que labran el futuro en un sentido u otro. Y si la evolución resulta
ser la pronosticada será por nuestra pasividad, no por su inevitabilidad. Ese
será el verdadero triunfo de los adivinos actuales, de las “brujas lolas”, de
aquellos que en definitiva crecen a la vez que la incertidumbre y la
inseguridad, de aquellos que se alimentan de la pasividad más extrema para imponer
sus más mezquinos intereses.
