"Cuando doy comida a los pobres me llaman santo, cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista". Dom Helder Cámara. Obispo brasileño.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La gran mentira

Hay veces que de tanto repetir una mentira, ésta termina por convertirse, a los ojos de muchos de los que escuchan, en una verdad inapelable. Más si cabe, si cuentas con el aplificador de los medios, que difunden por el mundo la "mentira verdadera" entre los oídos ávidos de escucharla: "Una nación milenaria está en peligro, de su tierra quieren ser expulsados por pueblos incivilizados y fanáticos. Israel, estado democrático, lucha contra las dictaduras árabes y contra el fanatismo y el terrorismo palestino. Todo ello marcado por un contexto de inseguridad, producto del aislamiento producido por la hostilidad de su entorno. Y sin seguridad no puede haber paz. Es una política de defensiva, de pura supervivencia. Todo se hace en legítima defensa".
Situación actual de los territorios palestinos
Lo primero que debemos aclarar es que Israel no ha estado en los últimos años aislada de su entorno, ni tampoco ha sido un islote democrático en lucha contra corruptas dictaduras árabes y musulmanas. A Israel le ha interesado que su entorno estuviera sembrado de dictaduras: los regímenes autoritarios o pseudodemocráticos que eran afines a los Estados Unidos le procuraban tranquilidad, le daban seguridad y eran sus firmes aliados (tanto el Egipto de Mubarak, como la Jordania del rey Hussein o la Turquia militarista y laicista), y las dictaduras que por el contrario eran hostiles a Occidente (la Siria de Asad, la Libia de Gadafi) le permitían afirmar  mentiras, excusar su arbitrariedad, encubrir su expansionismo, resultaban una justificación perfecta para su violencia. Hasta ahora, y en el presente inmediato, mientras Occidente controle el mundo árabe con sus dictaduras o pseudodemocracias, Israel no tendrá nada que temer. El futuro es otra cosa y trae para Israel aires de incertidumbre. Si crecen las "primaveras árabes" los nuevos gobiernos tendrán que tener en cuenta la voluntad de sus pueblos, y eso juega en contra de Israel, porque el sentimiento de los musulmanees y árabes, al margen de sus valores o ideologias, es de absoluta injusticia cuando se trata del problema palestino. Cuando ha avanzado la democracia en Turquía, han surgido los problemas con Israel, tras la caída del tirano Mubarak en Egipto, han rebrotado las tensiones con el estado judío. Un estado egipcio medianamente sensible a la voluntad popular no puede consentir el bloqueo inhumano y vergonzante de Gaza (no he visto nada más parecido a los guettos judíos de las ciudades polacas durante la II Guerra Mundial), en el que participó tan activamente el fiel "lacayo" de Occidente Hosni Mubarak. Siria es enemigo acérrimo  de Israel, pero tal enemistad no va a disminuir con un posible triunfo de la democracia y la oposición. Lo único que tienen en común los sicarios de Asad, y las fuerzas de oposición es su rechazo al imperialismo judío Y es que parte del territorio de Siria está ocupado al margen de toda legislación internacional, por derecho de conquista los Altos del Golán son hoy israelíes. Por otra parte la llegada de la "primavera árabe" a Palestina y una hipotética democratización de la Autoridad Nacional Palestina supondría el ascenso mayor si cabe de Hamas, o la subida al poder en Al-Fata de hombres como Marbuti, y no de títeres indolentes y corruptos como Abbas, hasta ahora serviles a Occidente. No hay lugar a dudas, el avance de la democracia es un escollo para los intereses de Israel.
Por otro lado, decir que Israel es un ejemplo de democracia en el Oriente Medio es lo mismo que decir que la Sudáfrica del Apartheid lo era en el Africa negra. Si eres ciudadano de Israel tienes todos los derechos (incluso los árabes), pero si no lo eres, los perros valen más que tú. Los guetos se suceden en medio de una limpieza étnica generalizada cuya punta de lanza son los asentamientos. El estado de derecho no existe cuando hablamos de los palestinos.


La otra gran mentira es la de la inseguridad. Israel sostiene que no puede haber paz sin seguridad, pero obvia que no puede haber seguridad sin justicia. La sacrosanta seguridad de los siete millones de israelíes  parece ser lo único que está por encima de la libertad y los derechos humanos de los miles de millones de habitantes del planeta. Esa seguridad, la de los demás no, justifica la vulneración del derecho internacional, las leyes y los tratados existentes o el respecto a los derechos humanos: Se puede asesinar con actos de terrorismo de estado (lo llaman "asesinatos selectivos"), se puede torturar, hacer limpiezas étnicas, invadir países y ocupar territorios ilegalmente, obviar resoluciones de la ONU, actuar fuera de tus fronteras o aguas jurisdiccionales o fabricar armamento nuclear al margen de cualquier tratado o control internaicional, se puede construir un muro fronterizo en territorios que no son legalmente tuyos o someter a un millón de habitantes de Gaza a un bloqueo infrahumano al margen de cualquier legislación o derecho internacional.
Supongamos, a pesar de todo, que esos actos puedan ser justificables en aras de una hipotética seguridad, que no lo son, en todo caso lo que resulta obvio es que la política de asentamientos no puede relacionarse con la excusa de la seguridad. ¿Cómo se justifican entonces? En vez de provocar seguridad, crean inseguridad para los propios habitantes de los asentamientos y para el propio estado de Israel en general. Al adentrarse como tarantulas en territorio hostil, multiplican los problemas de seguridad al crear nuevas necesidades defensivas, al aumentar el gasto para proteger a los colonos y al generar un caldo de cultivo de odio entre los árabe (el caso de los 600 judíos asentados en el centro de la ciudad cisjordana de Hebrón es ya especialmente sangrante). Y es que la política de asentamientos delata al estado de Israel, evidencia que no es un estado con voluntad defensiva obstinado en la supervivencia, sino un estado expansionista y racista, basado en la voluntad inquebrantable del sionismo de crear un "Gran Israel".
La paz está cada vez más lejos, entre otras razones porque los judíos son cada vez más conservadores, hoy el laborismo casi se ha desvanecido, convertido en la cuarta fuerza política y partidos tradicionales de la izquierda como el Meretz no superan el 3% del voto. El poder se lo disputan el Kadima, el Likud o Israel Beitenu, todos partidos sionistas y derechistas, y priman las ornadas de emigrantes de última hora, procedentes de Argentina o el Rusia, dispuestos a todo para hacerse un hueco en el mundo a costa de quien sea. Esos partidos claman hoy contra la entrada de Palestina en la ONU y reaccionan de la única manera que saben, acelerando los asentamientos. Piden una invasión contra Irán, porque puede tener armas nucleares vulnerando los tratados internacionales, algo que ellos han hecho desde hace décadas. Pero "a todo cerdo le llega su San Martín". Juegan con fuego en su soberbia extrema y es seguro que terminarán quemándose. Son pocos y no se esfuerzan en hacer amigos, no cimentan el estado creado sobre la paz, sino en el derecho de conquista, en su supremacía militar. Pero todo ello solo es posible mientras Estados Unidos tenga la supremacía en el mundo y en el mundo árabe. Si el Islam se democratiza y el histórico control de sus oligarquias por Occidente se desvanece, y si como parece el poder económico del mundo se traslada hacia los países emergentes, y es posible que con el tiempo, también el político, entonces Israel tendrá sus días contados y se arrepentirá de no haber aprovechado cuando pudo las oportunidades para la paz. Recordemos que un hombre de paz como Isaac Rabin, no fue asesinado por los islamistas o los radicales palestinos, sino por los propios judíos.
Los judíos, las eternas víctimas, está claro que han aprendido mucho de sus verdugos: su arrogancia, su racismo con los "arabuchis", el recurso a la violencia son los cimientos del estado de Israel. Un día, el edificio construido sobre tales bases, se vendrá abajo, me gustaría entonces ver la cara de felicidad de los niños palestinos, entonces adultos o viejos, que hoy corren por los mugrosos campos de refugiados, o la alegría infinita de las madres de tantos mártires torturados o asesinados por defender sus derechos legítimos como personas.
El drama palestino es solo la historia de una brutal injusticia, una injusticia que no lo es menos porque se tiña de verdad y de seguridad, y que no lo es menos porque la cometan viejas víctimas. Es muy posible que éstas se hayan convertido con el tiempo en los más crueles verdugos. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Las víctimas no hacen la paz

La paz está más cerca en Euskadi. Solo más cerca, porque aún no hemos llegado al final del trayecto. Todo dependerá de la gestión que el gobierno haga de la paz y de  la existencia de una verdadera normalización de las relaciones sociales en el país vasco. La gente tiene que aprender a vivir en paz. No hay una guerra en el Norte, pero si hay un conflicto. El conflicto no es militar, pero es político y es social. Cualquiera que viva en Euskadi sabe de lo que estamos hablando. Una parte importante de la sociedad vasca, aunque no mayoritaria, vive instalada en un conflicto, y una parte de la sociedad, mayoritaria, cree que ese conflicto existe. La España democrática, al contrario de los postulados sostenidos por el mundo de la izquierda abertxale, no es un estado autoritario y terrorista que tiraniza a un pueblo despojado de todos sus derechos, pero tampoco el mundo abertxale es un conjunto monolítico, compuesto por cuatro "zumbaos" matando gente sin más. El nacionalismo vasco es mayoritario, el independentismo es significativo. Y para superar el enfrentamiento y acabar con la fractura social existente, no solo los nacionalistas tienen que renunciar a sus mitos -de sobra conocidos y aireados sistemáticamente por la prensa conservadora-, España y los españoles tienen que renunciar a los suyos. Ahí van algunos de ellos, convertidos hoy en obstáculos para la paz:
- La independencia es lo mismo que la autodeterminación. La independencia es una opción que puede resultar una imposición, pero la autodeterminación en modo alguno puede serlo, es un derecho democrático que se ejerce. Otra cosa es que esté fuera del marco legal
- Negar España es absurdo, pero negar Euskal Herria también implica un acto absurdo de fanatismo e ilusión españolista. Euskadi existe porque los vascos creen en ella, desde ese momento es una realidad cultural, social y es legítimo defender su futuro político.
- Euskal Herria como nación no es una realidad creada artificialmente, en contraste con otras realidades nacionales al parecer naturales, como España, "con verdadera base social e histórica". Ser español sería pues un sentimiento coherente y legítimo generado desde abajo de forma natural, ser vasco sería una creación desde arriba configurada artificialmente por un nacionalismo vasco obcecado en inventar fronteras inexistentes. Quien expone esto no tiene ni idea de Historia.  Todos los nacionalismos inventan y crean y todos son construcción humanas y artificiales.
- Otro mito del "españolismo" es que Navarra no es Euskadi. Que los vascos no tienen derecho a incluir Navarra en su territorio. Recorramos el noroeste montañoso de Navarra y se nos quitarán viejos perjuicios: negar que Altsasu o Leitza son vascas es como decir que Torrenjón de Ardoz es portuguesa.
- Otro mito del antinacionalismo es que el euskera no se habla, y si se habla es porque los nacionalistas lo imponen en el sistema educativo y administrativo, "hace tiempo que el vasco murió como lengua materna" deja caer más de uno. Entonces vuelve a hablar la ignorancia. A mí me lo han dicho compañeros de instituto, ¡profesores de lengua castellana! En ese caso deberíamos viajar a determinadas zonas montañosas o a la hermosa costa vasca. Démonos un paseo por el puerto o las calles de Ondarroa y nuestros perjuicios se vendrán abajo. 
- Algunos van más allá y afirman que el euskera actual, "que ni siquiera se habla", es un idioma además inventado. También me lo han referido profesores de Lengua. Como si el castellano de Nebrija se hablara en muchos lugares en el siglo XVI. ¿Por qué la normalización artificiosa y homogenizante que han sufrido todos los grandes idiomas se le niega al euskera? Aunque el euskera sea un idioma con fuertes diferencias dialectales, no tiene menos derecho a una digna normalización que le haga adaptarse al mundo moderno que vivimos.
Una vez superados los mitos existentes por ambas partes, vendría el gran problema, el nudo gordiano en la gestión de la paz: los presos y las víctimas. O mejor, ¿qué hacer con los presos? ¿qué papel deben y pueden tener las víctimas?
Respecto a los presos, la complejidad es manifiesta. La amnistía general no es factible y estaría fuera del marco constitucional, pero el acercamiento de presos es otra cuestión, así como la vuelta de los  beneficios penitenciarios negados  anteriormente. Disuelta la banda, esos beneficios deberían llegar. Si hay arrepentimiento y deseos de reinserción, hay que saber ser generoso. La mayoría de los vascos no aceptarían la vuelta a las armas, pero tampoco entenderían que el estado español no diera los paso necesarios para la definitiva resolución del conflicto.



En cuanto a las víctimas, habría que definir bien tal concepto. ¿Se incluirían las de la guerra sucia de los GAL, o las que ya en democracia sufrieron el terrorismo de los grupos de ultraderecha en los años 70 y 80? Si es así el problema adquiere mayor complejidad. Por otra parte entre las víctimas de ETA hay muy diferentes sensibilidades, aunque algunos traten de convertirlas en un colectivo homogéneo.
Una vez definidas las víctimas, habría que establecer su papel en el proceso de paz. Y las víctimas no tienen papel. Se les debe reconocimiento y no olvido. Pero ese es su final. Al menos tendrán lo que no tuvieron las víctimas del franquismo, olividadas y ninguneadas en el proceso de transición democrática. Muchos se refieren al movimiento de recuperación de la memoria histórica, que busca reconocimiento a las víctimas del franquismo, más que justicia, como un acto absurdo de remover el pasado, y esos mismos después se niegan a asumir que desde el momento del cese definitivo de las armas, el terrorismo también es pasado y que no se debe remover. Porque el presente después de la declaración de ETA es de paz, de ausencia de violencia, y el futuro debe ser paz. La violencia y sus víctimas ya son parte del pasado, de un pasado muy doloroso.
El código criminal no se elabora en caliente y no lo hacen los padres de las niñas violadas. Por la misma razón la paz se hace en frío y no la hacen las víctimas. Quien define a ETA como una simple banda de delincuentes, no quiere entender que las bandas del narcotráfico, los ladrones o los violadores no tienen detrás bases sociales que los sustentan, ni asociaciones, ni partidos, ni sindicatos, ni votos, ni comarcas ni pueblos enteros que los jalean. Por eso el proceso no es equiparable. Esto no es una "guerra de liberación" como desde los sectores de la izquierda abertxale se ha defendido siempre, pero tampoco es una banda de delincuentes terroristas sin más. Esto es una parte importante de un pueblo en conflicto con las leyes vigentes, el marco jurífico y las fronteras existentes, y la expresión más visceral y violenta de dicho conflicto es la lucha armada de ETA. Cuando comprendamos eso, entenderemos que el estado español debe mover ficha y las víctimas no pueden mediatizar las decisiones al respecto. El legítimo dolor de las víctimas no puede convertirse en el gran obstáculo para la convivencia y servir para arrebatarnos la posiblidad de vivir definitivamente en paz.

viernes, 5 de marzo de 2010

La bruja Lola no puede predecir el futuro


Hoy ha hablado una nueva “bruja lola”. Ayer lo hizo otra y seguro que mañana alguna más volverá a hacerlo. Todos los días aparecen en los medios de comunicación una legión de adivinos certeros con la mejor apariencia. Nada de personajes malhablados y vulgares, de los que “escupen” palabras malsonante o tiñen sus cabelleras con “rubios de bote”. Estos nuevos adivinos no son unos simples indocumentados, no son perdedores, fracasados, restos sociales metidos a estafadores. Su apariencia es honrada y honesta, son portadores de trajes de marca y elegantes corbatas, se les supone cultura y formación. Integran la élite empresarial o intelectual y están lejos de la cutre imagen de la adivina de canal televisivo de segunda. Estos son “adivinos de verdad”, creíbles como ningún otro. Se enfrentan al futuro con supuesta valentía. Saben que hay demanda de certidumbres y asumen “el duro papel” de saciar la ansiedad de la mayoría ante un futuro desconocido. Todo en sus formas y en su apariencia parece dejar claro que saben lo que dicen y que saben lo que hacen.
Un economista, de esos que claman no pertenecer a corriente ideológica alguna, nos augura la segura evolución del capitalismo, la única posible:  los costes de producción son demasiados elevados, hay que competir y eso requiere esfuerzos… Sin darte tiempo a un respiro, el sociólogo de turno aparece en un programa televisivo afirmando vivir en un mundo sin ideologías: ni puede, ni debe haberlas en la sociedad futura que se nos avecina; son las ideologías, afirma, las que marcaron el tumultuoso siglo XX. Viajamos hacia unas sociedades donde las opciones políticas vendrán marcadas por matices, un mundo globalizado con solo una política posible.
Todavía estamos dándole vueltas a la idea, cuando nos asalta desde los medios un triunfador hombre de negocios, que acomete el “problema” del funcionariado como si fuera el mayor experto en el tema: no puede haber funcionarios como los de hoy, sus privilegios son fruto del pasado y su baja productividad inaceptables para el sistema. Y otro empresario, tan exitoso como el otro, o incluso más, habla de la inviabilidad de la seguridad social, demasiada carga para el sistema económico y empresarial.
Nada escapa de ser cuestionado y no pasa mucho tiempo cuando un banquero metido a Dios, aunque con nombre de bota pequeña, aclara que las pensiones en el futuro, o son diferentes (es decir, mucho más pequeñas) o no son. Lo hace con la frialdad de un experto, quizás porque él no las va a necesitar o quizás porque ve en los fondos de pensiones privados un  suculento negocio.
Los mensajes resultan bastante creíbles y cuando estamos un poco sobrepasados, arrecian aún más. Un político liberal, término ahora de moda en una curiosa vuelta a los orígenes, lanza el mayor de los órdagos, el estado de bienestar es insostenible. En palabras más claras, el Estado es demasiado grande. Y el político que le acompaña, también liberal, utiliza palabras más contundentes: es monstruoso, es la gran desmesura. Hay que hacer una cura, pero solo sirve una operación de “reducción de estómago”, digo de estado. Tiene efectos secundarios y riesgos importantes, pero no hay otra salida, ni otra cura posible. O se reduce o el paciente muere. Y El paciente es la sociedad. Dicho así, asusta. Y en la misma dirección lanza un mensaje de “equilibrio fiscal”, algo que se consigue reduciendo el gasto del Estado. Claro que reducir el gasto estatal es reducir el gasto social. Y volvemos a lo mismo. Se pueden aumentar también los ingresos con impuestos, pero cuidado con tocar a las grandes fortunas, entonces el dinero se va y se reducen las inversiones. Lo que nos queda es subir los impuestos indirectos, los que pagamos todos por igual.
Cambias de canal y un periodista, también liberal, en un debate político de opinión, ahora tan en uso, lanza su personal queja contra los excesos de la lucha obrera y social. Con elegancia (no olvidemos que está registrada en la mismísima constitución) cuestiona el hasta ahora intocable derecho a la huelga. No es normal paralizar un país en época de crisis, afirma. Y se lanza contra las estructuras sindicales, según él cúspide de la corrupción, y por supuesto la violencia que ha rodeado siempre a la lucha sindical, esa violencia excesiva de los piquetes que ya es hora de denunciar. Y afirma sin pudor: es increíble que un hombre que quiera no pueda trabajar, ¿habrá un delito mayor en una época de tanto paro?
Y unes las piezas y mezclas los ingredientes, y una vez removidos, la sociedad que tales mensajes construyen es bien distinta a la nuestra. Las “brujas lolas” han hablado. Su sentencia es clara y precisa. Han esbozado un futuro, aparentemente hecho de retales, de mensajes dispersos, pero que es un todo, un futuro simple y sencillo, fácil de comprender. Resulta coherente y es creíble: esto no, esto tampoco, esto no se puede pagar, no hay dinero para esto otro, esto no se puede consentir. Lo que no es viable resulta insostenible. Coherencias tremendas aderezadas con fatalismos inapelables. Gobierne quien gobierne, hagamos lo que hagamos las cosas son así, los cambios son inevitables, estamos ante evoluciones inalterables. Y se recurre continuamente a la vieja sentencia: nosotros o el caos. Y si alguien duda bastará con recurrir al pasado histórico. Recordad donde nos condujeron los experimentos, los sueños, donde nos condujo la utopía que tiñó el siglo XX . Y la gente recuerda.... y reflexiona: Quizás convenga ser realistas.
Sin embargo, cuando te paras un poco a reflexionar las cosas no son tan sencillas. Solo tienes que salirte del discurso hegemónico y encontrarás sus enormes grietas. El siglo XX ha sido el peor, pero también el mejor, produjo las guerras más destructivas y los totalitarismos más crueles, pero también los más grandes avances tecnológicos y las mayores cotas de libertad y bienestar jamás alcanzadas. Y esto no hubiera sido posible sin sus enormes dosis de ideología y de utopía, y tampoco hubiera sido posible sin el ejercicio de derechos como la huelga, sin la lucha y las organizaciones que ahora se cuestionan con tanta facilidad. La obsesión es el Estado y el sistema público de pensiones, pero estas son analizadas sesgadamente sobre variables como la demografía, obviando el aumento de la productividad que implica el enorme desarrollo tecnológico.
¿Quién ha dicho que el estado es demasiado grande? Para determinados sectores siempre fue así. Hasta donde quieren reducirlo es una buena pregunta. Sin embargo, lo realmente necesario no sería la reducción del Estado, sino su redefinición, buscando una adecuada gestión de los recursos humanos y económicos, controlando el fraude en las prestaciones sociales, y no cuestionando dichas prestaciones. Son muchas las voces que hablan de que la sociedad civil, al estilo americano, debe tomar la iniciativa, y el Estado debe retirarse de determinadas funciones especialmente gravosas. Pero eso es caridad, y eso es la antinomia de la cohesión social que con su inmenso gasto en todos los ámbitos de lo público produce el estado de bienestar. Lo publico iguala y equilibra. La caridad solo alienta la pervivencia de la desigualdad, apuntala la sociedad injusta, no la cuestiona, ni pretende superarla. Es la diferencia entre justicia y caridad, aquella a la que tan magistralmente se refería hace ya años el desconocido arzobispo brasileño Dom Elder Camara cuando afirmaba:”Cuando doy comida a los pobres me llaman santo. Cuando pregunto por qué no tienen comida me llaman comunista”.
El Estado no está en crisis, simplemente se ha convertido en el objetivo del gran capitalismo y la obsesión de los mercados, los mismos que nos han conducido a la situación actual, después de haber campado a sus anchas durante años. Precisamente ha sido la falta de regulación por parte del Estado, la inhibición de éste, lo que nos ha conducido al desastre.      Finalmente ha sido el propio Estado el que ha tenido que intervenir para salvar el sistema financiero, y ahora, en cambio, los mercados nos dicen que sobra, que hay que destruirlo o por lo menos minimizar “sus malos actos e influencias” haciéndolo más pequeño. Porque un estado grande es igual a gasto, a déficit, a despilfarro -señalan-. Como si el Estado no fuera fuente de empleo, de dinamización económica, de inversión, de investigación, de innovación, de igualdad, de equilibrio, de crecimiento, etc.
Los mercados no cuestionan la sociedad de consumo, no es su objetivo, por el contrario ella les alimenta, su verdadera presa es el estado de bienestar. La sociedad de consumo permite el acceso de “mucha gente” a los servicios básicos, sin embargo, el estado de bienestar supone el acceso de “todos” a dichos servicios. Ese “todos” es lo que está en cuestión. Y los mercados se han juramentado para acabar con él. Con sus voceros al frente, con las “brujas lolas” sacudiendo con sus soflamas el mundo, convertidas en mensajeros de la nueva verdad absoluta: esto o el final, ahora o nunca. Y hasta el gobierno más reacio termina cediendo y lanzando más carnaza que nadie. Hay que alimentar al “monstruo” si se quiere sobrevivir. Pero su voracidad no parece tener límites: primero abaratamiento del despido, después reducción del gasto social, más tarde aumento de impuestos indirectos, reducción de ayudas sociales y subvenciones, recortes en las pensiones, en la administración, reducción del funcionariado, bajada de   salarios, y al final un estado más pequeño, cada vez más pequeño. Lentamente el monstruo devora todas las conquistas. ¿Hasta donde?, es difícil precisar, pero parece insaciable.
Se ha marcado un itinerario, una única posible evolución de la realidad, pero el camino emprendido no se produce por la imposibilidad de tomar otra dirección, sino porque esa es la evolución que algunos quieren y promueven. No debemos de olvidar que el estado de bienestar no es producto de la evolución natural del capitalismo, sino producto de la presión ejercida en el interior de las sociedades. Tampoco su destrucción es producto de una evolución natural, sino producto de otro contexto, el actual, radicalmente distinto. Detrás de ambos procesos lo que hay son realidades sociales diferentes, no una evolución natural económica inalterable, casi sobrehumana. En historia el fatalismo no existe, la historia la construyen los hombres en el contexto de una Humanidad marcada por el conflicto, convertido este en el verdadero eje de la evolución histórica, y en él los hombres son actores principales y activos. Ellos moldean el futuro, no les viene dado. Si olvidamos eso, nos va ir muy mal.

Una persona desconsolada y sola llama a la bruja Lola. Su actitud es pasiva. Esta dispuesta a asumir lo que le digan: te vas a divorciar, sentencia el “vendedor de futuro”. Ha llamado al programa cutre de turno para ver que ocurre con su matrimonio, para saber si su mujer le va a abandonar, necesita respuestas. Sin embargo, no parece dispuesto a dejar de emborracharse, ni dejar de ir con otras mujeres. Ese hombre pasivo recibe el futuro como si no fuera con él, como si estuviera escrito con letras de fuego en algún lugar lejano. Es un futuro que no se construye porque ya está construido. Las cosas serán así, y lo que él quiere es saber cómo serán. El hombre pasivo no pretende cambiar el rumbo de las cosas, de nuevo el fatalismo enfermizo del que ha sido educado en la sumisión, del hombre que vive alejado del sentido crítico, que no mira a su alrededor, que no se cuestiona lo que le rodea. El hombre que no es libre, porque no es autónomo. El hombre que esgrime ¿para qué luchar?, la suerte está echada y nosotros no podemos cambiar nada.
Cuando tiene que consumir, el sistema agranda al individuo, se dirige específicamente a él, le hace sentirse especial y único. Pero inmediatamente después, y ya en otro plano de cosas, le empequeñece, le convence de que su capacidad para cambiar la realidad es mínima. No se puede luchar contra el destino...
Sin embargo, el futuro es nuestro y nosotros lo forjamos. De nosotros depende como sea. A pesar de que la inercia del sistema imponga unas limitaciones, todavía hoy y siempre, el hombre y las sociedades son las que labran el futuro en un sentido u otro. Y si la evolución resulta ser la pronosticada será por nuestra pasividad, no por su inevitabilidad. Ese será el verdadero triunfo de los adivinos actuales, de las “brujas lolas”, de aquellos que en definitiva crecen a la vez que la incertidumbre y la inseguridad, de aquellos que se alimentan de la pasividad más extrema para imponer sus más mezquinos intereses.